Al fín, en fín, por fín

 
 
 

Es la hora del ahora, tenemos que terminar con el cielo deshabitado, oír el vuelo de las aves andinas, recuperar el aroma de los vientos de los ríos amazónicos y que la antártica les entregue el justo placer a las ballenas azules. Se agota el tiempo. El más grande desafío es actuar. Contamos con la pasión ávida y espontánia que tiene la juventud, ayudados por la dignidad y finísimo sentido de la mujer, del entusiasmo de nuestros abuelos, de la sabiduría de los pueblos ancestrales y la sociedad civil, el mundo científico y que podamos decirle a Greta Thunberg que ninguna niña o niño del mundo, podran decir, me han robado mis sueños y mi infancia. Queremos una atmósfera luminosa y de paz, para todos los habitantes del Planeta.

Circulo La otra voz
 
 
Tenemos urgencia en recobrar el resentimiento de fraternidad con la humanidad el planeta, con la ecología, el medio ambiente, los pueblos indígenas, los inmigrados. No somos distinto del resto de los animales y las cosas, algo nos une a las estrellas a los átomos, las flores, los naranjos, los peces, pájaros, los bosques milenarios, y el aroma de su enmarañada vegetación. Frente a este grave fenómeno, que nos amenaza todos los días, no tenemos recetas, ni remedios, pero por lo menos, no hay que cruzar los brazos contra los incendios organizados en el amazonas y la destrucción del planeta.
 
 

Artistas de Marruecos


¡Que su historia empieza aquí o en otro lugar, no importa! Aterciopeladas en las sabanas del tiempo, más allá de las fronteras intrazables entre la noche y el día, las mujeres Amazighs dejan palpitar el corazón de la historia y la fragilidad de la tierra. A caballo, o en paseo indiferente, desafían la arrogancia del desconocido, llegando para devastar la virginidad fértil de su tierra y agotar sus recursos. Sin la tierra y sus tesoros, sin la valentía y el coraje de esas mujeres, la región Sur-Este de Marruecos habría perdido su identidad y su autenticidad. Vecino del árbol del Argán, entre las dunas de arena y el aliento ahogado del viento, se yergue y se levanta majestuosa la Acacia, de sabor delicado y afrutado. Contempla la alegría, la fuerza, y la simplicidad de esas mujeres. Sus destinos se cruzan, y su perfume se hace sentir y oler desde lejos en una singularidad de potencia y de dulce elegancia. La tierra, el árbol y la mujer, se mezclan, se confunden, se unen, se oponen y paran al viento cálido, seco, refunfuñando detrás del océano, más allá de las fronteras, en busca de una nueva aventura, después de las mil y una aventuras. Advertidas por la magia del desierto y el secreto de la cima del Atlas, esas criaturas se empeñan en saciar su sed, arrodilladas a la orilla del arroyo, al abrigo del Olivo, Árbol Sagrado del Corán.